Biografía

PABLO BALAREZO MONCAYO
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Pablo Balarezo Moncayo

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Esbozo Biográfico

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En los albores del siglo XX la ciudad de Ambato, tierra de cultura por antonomasia, cuna de “Montalvo y de Mera, de Cevallos y Martínez, de Vela y de Riera, de Ayllón y de Urbina, de Castillo y de Lalama, de Álvarez del Corro y de Cajas”, recibió en su seno a quien sería insigne poeta, singular ensayista, profundo investigador montalvino, recio y cortante polemista en el periodismo, Pablo Balarezo Moncayo.

Tal acontecimiento había sucedido en casa de sus progenitores –don Pedro Pablo Balarezo Franco, ilustre caballero dedicado al noble apostolado de la educación, y doña Julia Eloisa Moncayo Moreno, prestante matrona entregada al cuidado de su familia y socia del secretariado de la entronización de la devoción al Corazón de Jesús en los Hogares- ubicada, en ese entonces, delante de lo que hoy es la entrada principal de la Iglesia de Santo Domingo. El inminente avance del urbanismo determinó la desaparición de gran parte del centro histórico de la ciudad, incluidas las edificaciones que no sucumbieron al terremoto de agosto de 1949 que asoló el centro del país.

Pablo Balarezo Moncayo, sexto de siete hermanos –cuatro de ellos murieron niños-, creció junto a dos hermanas mujeres, mayores que él, María del Rosario y Zoila Rosa de Jesús. Su padre, con todo derecho y sapiencia de maestro, se encargó de brindarle la educación primaria completa y a continuación matricularlo en el histórico Colegio Bolívar de la capital tungurahuense; además, su experiencia como docente le permitió avizorar en su hijo la inclinación literaria que bullía en su espíritu desde muy pequeño. Entonces, tomó una decisión trascendental que incidiría en la vida del joven de 16 años de edad: confiar su formación humanística a un intelectual de la talla de Eduardo Mera Iturralde (hijo de Juan León Mera Martínez), en el contexto de su grande y rica biblioteca de la Quinta de Atocha. Es así, que Balarezo Moncayo no desperdició la oportunidad de beberse literalmente, palmo a palmo, los libros dispuestos generosamente en los anaqueles del legendario recinto, bajo la escrutadora mirada y solícita guía de su mentor.

Joven aún, el novel escritor recibió en su espíritu flamígero el llamado de su Arcadia junto al mensaje de Ambateñía, que no constituyen vano romanticismo ni retórica intrascendente sino –como él mismo lo interpretó- “raíz telúrica que nace con el hombre ambateño, y lo posee en llama de amor, lo aprisiona en caricia y en silicio, y no lo libera ni después de muerto. Porque la Ambateñía es Tierra-Madre-Nutricia, Tierra-Madre-Maestra, Tierra-Madre-Eterna. La Ambateñía, por sobre todo, es energía y vida, amor y ternura. En todo lo que vive y palpita. En el ritmo minúsculo de la hierba que crece, y en la canción inaudible de la hormiga que trabaja. En el mineral y el árbol, en la sonrisa y el sollozo. En la insurgencia y la rebeldía. En la santidad y el heroísmo. En la tristeza infinita y en las “lanzadas de luz” de Don Quijote -¿nuestros sueños o tal vez nosotros mismos?-, de Don Quijote que camina por los inexorables caminos de la Ambateñía…”. Pablo Balarezo Moncayo debía cumplir con un mandato ineludible antes de iniciar su viaje sin retorno: hacer la exégesis de la Ambateñía, de su entelequia profunda y vigorosa, porque la sintió, la comprendió, la saboreó, la vivió… desde el interior de su corazón y gozó de la inefable ternura de la “caricia honda” de su tierra.

Grata y especialísima coincidencia la fecha del 10 de diciembre, salvando la distancia de casi medio siglo: natalicio del insigne escritor y poeta Pablo Balarezo Moncayo, en 1904; y, Declaración Universal de los Derechos Humanos, en 1948. Fue precisamente en el género periodístico donde Balarezo Moncayo exaltó y defendió los derechos del hombre, con firmeza y frontalidad, sin amilanarse ante nada ni ante nadie, perseverante en la lucha inclaudicable por los nobles principios de libertad, justicia, verdad y democracia, “para no hacer genuflexiones ante el tórculo infamante del despotismo” y, más bien, mantener “la actitud permanente para levantar bandera de oposición a los tiranos”, siempre solitario en su espíritu quijotesco que lo impulsaba a escudarse en “la rebelde angustia de mi alma, nunca propicia a arrebañarse en la gregaria conformidad de las mayorías”. Parafraseando al ilustre patriota cubano José Martí, es preferible perder la patria que continuar subordinados a la vileza de un amo.

Pablo Balarezo Moncayo inició su transitar literario en las aulas mismas del Colegio Nacional Bolívar. Fundó y dirigió revistas y semanarios de índole literaria hasta culminar en su expansión poética en varias ciudades del país. Entregó su aporte profesional a diversas instituciones educativas y de fomento cultural, especialmente en la Casa de Montalvo, a la que dirigió por muchos años. Su estro poético mereció ser galardonado en varios certámenes literarios abiertos. Incursionó febrilmente en una profunda investigación sobre la vida y obra del escritor superbo Juan Montalvo, acompañada de un acervo documental nunca antes conocido. Y, finalmente, en el campo periodístico extendió su pluma que abrió paso a su espíritu combativo y polémico, cortante e incisivo, fulminante y categórico.

Estaba ya por finalizar el siglo XX, cuando las primeras sombras de la noche del sábado 23 de enero de 1999 acompañaron el viaje final del espíritu al infinito, la desaparición física y el regreso del cuerpo a la tierra siguiendo la ley inexorable, del insigne poeta ambateño Pablo Balarezo Moncayo. Sin embargo, aquel instante supremo se transformó en el ingreso a la inmortalidad de su pensamiento, de su creación poética, de su montalvismo, de su periodismo polémico, de su lucha por la libertad, de su desprecio al poder que conculca consuetudinariamente los derechos de los ciudadanos, inmersos, en singular paradoja, en un estado constitucional de derechos. Esa lucha por la verdad, la libertad, la dignidad y el honor de la persona humana le incitó, en momento oportuno, a expresarse de esta manera:

“Así quiero a Montalvo. Lo deseo como ascua que me ilumine y me queme. Llama que me incendie y que permanezca viva, aunque pretenda apagarla un huracán de emulaciones y odios, irreconciliables e implacables, como el viento que apaga “la llama al viento” de la vida de los hombres. Con irremediable insurgencia por la libertad y la justicia. La rebelde angustia de mi alma, nunca propicia a arrebañarse en la gregaria conformidad de las mayorías”.

Pablo Balarezo Moncayo regresó de manera definitiva a su tierra, a su Ambateñía, “Tierra-Madre-Nutricia, Tierra-Madre-Maestra, Tierra-Madre Eterna”, como él mismo conjugó de manera estupenda la espiritualidad, la ternura y la entelequia de la ciudad que lo vio nacer y lo vio morir, después de 94 años de vida intensa, arrebolada y fructífera, acompañada de dignidad, honestidad y frontalidad con que se revistió para llevar adelante cada uno de sus cometidos. Jamás calló ante la prepotencia, vanidad y demagogia del poder, sin limitación de pensamiento y sin otro ideal que la defensa de los derechos humanos; con implacable denuncia de equivocaciones y despropósitos de ciertas autoridades, mediante una columna periodística sin tórculos ni cadenas, sin consigna de servilismo, por lo cual fue sentenciado alguna vez a ocho días de cárcel. Por eso afirmó:

“…qué difícil para algunos periodistas eludir funciones de burocracia estatal y municipal para tener derecho a la libertad de expresión de la verdad. Y para otros, que no les importe el agravio que les endilgue la prepotencia y el egoísmo. Ellos no conocen de la soledad del aislamiento luminoso, y menos de la “vendetta”, entre comillas, de los que se consideran poderosos ofendidos…”.

Además, recordó siempre la sentencia de Montalvo: “Las falsedades del silencio son muchas veces más perversas que las mentiras de la palabra”.

He aquí una muestra de su rica y variada lírica, escrita con gran antelación al momento de su muerte:

Para dormir en paz la paz profunda
cualquier rincón de soledad es bueno,
la sien fragante a luna pensativa
e intactos nardos de total silencio.

Pero es mejor pagar al propio barro
la antigua deuda con moneda en huesos,
donde una cruz nos cubra con sus alas,
a la sombra en ciprés de los abuelos.

Nos llamas a tu oculta arquitectura,
celosía de Dios cerrada al tiempo,
a ser polvo de cósmicas raíces,
después de polvo en rosa de los vientos.

Es por eso que a ti, mi dulce origen,
-clara égloga de sol en soplo eterno,
color y aroma en tallo de armonía-
en trino y en cristal, a ti regreso.

Fernando Balarezo Duque